Sucede que en estos lares tercermundistas entendemos todo al revés. Resulta que lo primordial es lo vano, lo ficticio, lo sin sentido, y aquellas grandes metas idealistas son de ilusos, de tontos, de extraños y de peculiares. Eso sí, hay que señalar, resaltar y recalcar que el problema al final somos nosotros mismos, que en nuestro campo imaginario tan escueto, no vemos un poco más allá de nuestra nariz.

“El guatemalteco no sabe cómo valorar el arte. No sabe darle valor al tiempo de dispersión y de entretenimiento, y por eso es que no quiere pagar una entrada, no quiere comprar discos, no entiende qué es eso de invertir en entretenimiento”, así me lo dijo mi amigo trotamundos Pedro Morales hace algunos meses. Me dejó pensando muchísimo. Y en realidad eso es lo que vemos en otros países: en Inglaterra podés ver a los máximos exponentes de la música en conciertos de lunes a domingo, nadie alega que al día siguiente sea día laboral, o que el show lo hicieron en una arena que queda lejos de casa; en Estados Unidos es usual que la gente viaje cientos de kilómetros para ver a su banda favorita en diferentes localidades y no solo cuando llega a la ciudad; en cualquier lugar medianamente avanzado en materia cultural, abundará el apoyo al arte, las obras teatrales serias (no como show de un restaurante), las jornadas de poesía, las exhibiciones de plástica, los festival multitudinarios.

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¿Cuánto pagás por un toque y cuándo vas?

Y hablo de que en Guatemala todo esto ocurre pero sin que vaya gente de manera masiva. A la audiencia ni le gusta pagar ni lo toma como una prioridad. Es irónico que el guatemalteco tiene presupuesto mensual para ponerse ebrio, para gastar en comida chatarra, para endeudarse con necesidades creadas por la publicidad. Sin embargo, ese mismo guatemalteco arruga la cara si hay que pagar Q20 de cover en un concierto en un bar (pese a que igual te regalan un trago muchas veces valorado a ese precio o más). Ese mismo chapín te pedirá que le regalés una playera de su banda favorita (aunque por una “playera de marca” pagará hasta el triple de lo que cuesta la nacional). El ejemplo aplica para los CDs de música, que muchísimos se sorprenden porque exista gente que “gaste” en eso cuando lo podés descargar de Youtube o cualquier plataforma de manera gratuita. De los libros mejor ni hablemos, porque aún no me explico cómo las ventas de estos se mantienen aún en la actualidad.

Se lo he dicho muchas veces a mis amigos y conocidos, ustedes gastan cientos de quetzales en salidas a ponerse ebrios, cuyo placer les dura una tarde. Yo por la misma cantidad me compro un par de discos y me los disfruto durante años. No digo que mis gustos sean mejores o que todos deberían comprar viniles, libros y asistir a conciertos para ser felices. De lo que hablo es de expandir horizontes.

Y no quiero sonar a que solo ciertas actividades de entretenimiento son buenas. De hecho entiendo que en este país pasamos tan estresados corriendo detrás del reloj y de las cuentas, que lo que menos queremos es detenernos a reflexiones sobre las cosas de la vida. Sin embargo, creo que ese idealismo y esa sensibilidad hacia el arte te abre la mente y te hace ser una mejor persona.

Si coincidís conmigo, serás un bicho raro, sin duda. Pero qué alegre sería tener a 17 millones de bichos raros asistiendo y divirtiéndose, dándole su justo valor al arte… y a la vida.

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