Los problemas de los seres humanos son complejos. Son el resultado de las decisiones tomadas a cada segundo y con las consecuencias que eso lleva, sumando que nos afectan las decisiones de los demás y sus consecuencias. 

La salida de muchos es prohibir algo para evitar que las personas tomen decisiones sobre ello. Como el alcohol puede ser malo, prohibamos su venta. Como algo de comer puede ser malo, prohibamos su venta. 

Estas simplistas salidas a los problemas desnaturalizan la vida y al propio ser humano. Caer en el error es parte de los procesos de aprendizaje. No tener consecuencias es negativo para la formación del juicio. Dar por sentado que lo “prohibido” por el gobierno es “verdad” y “bueno”, es simplemente absurdo. 

En el tema de las “chucherías”, por ejemplo, la prohibición se enfoca en “lo malo de la grasa”. Se ha estado descubriendo que la grasa, incluida la saturada, es buena cuando viene de ciertas fuentes y la ingesta adecuada de calorías de estas grasas para un ser humano normal está en alrededor del 80%. Claro que la moda de “la grasa es mala” es una moda fuerte… que viene gracias a los grandes beneficios económicos vía subsidios y protección de mercado que los agricultores obtienen en EEUU, que influyen en las políticas alimenticias que promueve la FDA. 

Otro efecto de la prohibición es el casi automático aparecimiento de mercados negros. Ya sea en un espacio pequeño o un país, según la extensión de la prohibición. 

Prohibir suena bonito, pero lo que viene detrás es la arrogancia de alguien que asegura que toma, por tí, mejores decisiones. 

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