Si ya han leído mis anteriores entradas, saben que hemos analizado aquella manía del guatemalteco exigente pero mal aficionado (suena bastante a los incidentes recientes de la porra de los cremas), y de cómo todo nos molesta pero no hacemos nada para apoyar. Ahora, ante este panorama desalentador quiero hacer un contraste para invitar a la reflexión y que pensemos creativamente como movimiento.

Pensemos en el futbol. Es el deporte nacional por excelencia. Hay canchas de fut en cualquier rincón del país, en cualquier colegio un par de bolsones son porterías y hasta piedras, calcetines remendados o bolas de masking tape son utilizados como balones. Ni qué decir de la masiva audiencia que consume en restaurantes y bares durante los clásicos de La Liga española o las semifinales de Champions League. Es más, vas a cualquier parte del país y siempre hay alguien preguntando si “sos crema o rojo”, como si solo esos equipos existieran.

Bueno, pues con todo y eso, que la liga “profesional” es transmitida a nivel nacional, que mueve cantidades masivas de dinero en pautas y patrocinios, que genera cientos de miles de quetzales para sus directivos (y no para los jugadores, dicho sea de paso), pues a los estadios de equipos mayores asisten 1,000 o 600 o 300 personas. También dan entradas en 2 X 1 o los niños y mujeres entran gratis. Con todo y que es aceptado abiertamente, la afición que se desplaza a ver los partidos es mínima, en un país de 17 millones de habitantes. Una “buena entrada” es la que se consigue en Xela o en Cobán, cuando asisten más de 3 mil personas, y no es la costumbre.

Mi punto es que si así ocurre con el dichoso deporte nacional, instaurado en la tradición desde el siglo 20, ¿Cómo nos sorprende que para los conciertos de Rock vaya tan pocas personas? Quiero decir, si decís que te gusta el Rock, aún en pleno 2016, no falta nunca aquel que piense en drogas, pelo largo, rituales satánicos y un sinfín de ocurrencias que poco tienen que ver con la realidad. Por eso mentes retrógradas como el Mico de “Tu Muni” anda cerrando bares donde tocan “ush, ese ruido”. Por eso es que algunos empresarios se niegan a patrocinar estos conciertos y que varios no rentan sus locales o su equipo “porque hacen muchos clavos” los que oyen esa música.

Y claro, no todos son santos. Refiéranse a las entradas del primer párrafo, ahí hablamos de las joyitas que hay en la audiencia, pero mi punto aquí es que los prejuicios destruyen cualquier buena intención, cualquier buen proyecto. ¿No es absurdo que empresas, bancos, telefónicas y demás empresas inviertan millones en un deporte que pocos consumen pero se rehusen a apoyar música nacional, que ha llegado a niveles profesionales muy altos y que sigue dando buenos pasos en materia de calidad musical y de propuesta?

Público masivo de Rock sí hay pero se está desaprovechando

¿No es absurdo que apenas unas 12 bandas son “aceptadas” a nivel mediático y las decenas de bandas emergentes con propuestas coherentes y mucha voluntad están siendo marginadas? Bueno, pues puestos en contexto creo que es momento de que las bandas pequeñas piensen creativamente, con orientación a mercadeo y con números claros. Es posible conseguir patrocinios, es posible agenciarse de dinero para dar a conocer propuestas y elaborar estrategias de comunicación para difundir la música.

Ante este panorama adverso, ante la apatía de la afición, creo que hay un gran nicho de oportunidad para las bandas que deseen tomarla. ¿Ustedes qué creen?

 

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