Cada cierto tiempo me topo con debates como estos entre músicos. Sucede que los que filosofamos sobre la música, su audiencia y las utopías de un “buen público”, nos enfrentamos a algunos que reniegan de este concepto, diciendo que no existe “mal público”, y que somos arrogantes o saber qué cosa peor por considerar que, de hecho, exista esa etiqueta de buenos y malos. Y como en todo, debemos recurrir a aclararles a qué nos referimos.

Específicamente, puedo dirigirlos a los insultos contra el artista o a las pretensiones de una audiencia para ejemplificar apenas dos casos sobre lo que es un “mal público”, pero no quiero ser absolutista ni pretender que tengo toda la razón. Como razono yo el asunto no es tan complejo: el buen público es aquel que escucha una propuesta por medio de cualquier medio (en la radio, por recomendación de un amigo, por la publicidad en Facebook, porque escuchó tocar a alguien talentoso en un bar anónimo) y comienza a indagar sobre esa canción, el artista, su propuesta y demás.

El esfuerzo que se requiere como audiencia es mínimo. Nos gusta una canción, la consumimos, buscamos más música de este artista y adquirimos su propuesta. No importa si es gratis, si es el disco físico o en digital. La cosa es que nos convertimos en seguidores de su concepto. Sucede todos los días. Solo piensen en esas playlists que tienen de artistas que les gustan por una o dos canciones. Es válido y está bien que nos gusten solo algunos temas.

Más allá de eso, cuando la música te gusta de manera significativa (es subjetivo, a veces te gusta la letra, la música, el concepto o simplemente la emoción que te provoca) te motiva a indagar más hasta llegar al punto máximo: acudir a sus presentación. Y aquí, es donde como público, podemos obrar bien o mal, según nuestras actitudes.

Resulta que no debería importar si nuestro artista favorito es de este país o de cualquier otro. Si te gusta, pues consumís su música y ya. Pero en Guatemala pareciera que siempre se espera que venga la validación de afuera para por fin aceptar que la propuesta es buena: “Es que sonó en Telehit”, “Es que tocaron en X festival en Estados Unidos”, “Es que el disco lo grabó X productor mexicano”. Ejemplos sobran. Ahora bien, la mayor ventaja que tiene el artista nacional y que la audiencia no lo está aprovechando es que el músico local toca frecuentemente cerca de tu casa, podés verlo, disfrutar sus canciones en vivo y apoyarlo genuinamente sin intermediarios corporativos. ¡Está ahí enfrente y podés disfrutarlo como nadie fuera del país!

Sin embargo, ¿Qué hacemos? Alegamos por el costo de las entradas, porque no toca en el bar que nos gusta, alegamos porque se “vendió” a una marca (discúlpenlo por tener que pagar la renta de su casa), porque va a tocar con una banda que no te gusta entonces mejor no vas, porque ahora ya tiene éxito y entonces ya no es “cool”. Excusas absurdas he oído miles. En fin, ¿Les suenan familiares estas costumbres?

En resumen, el esfuerzo es mínimo para apoyar lo que te gusta, sin importar si es de afuera o de acá. Pero como público tenemos el poder de hacer mucho bien al artista y forjar una carrera de éxito con muy poco y siempre disfrutando de la propuesta. O, podemos ser apáticos, negativos y criticarlo todo. Al final, nos quedamos sin música y sin espacios. Es decisión propia y en beneficio de nosotros como audiencia.

La pregunta es: ¿Hay o no hay mal público en Guatemala?

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