Desesperación. Sudor. Angustia. Unan pesadilla más. La oscuridad total de las 3 a.m. llena tu habitación. No sabes si lo que soñaste es real. Logras entender, luego de despabilarte, que fue una pesadilla. Tratas de conciliar nuevamente el sueño. 

Es una escena que puede ser frecuente en nuestra vida. Así hay otro tipo de pesadillas que rodean nuestro recorrido y no se quedan en la abrupta ruptura de tu placentero descanso. 

Lo que puede pasarte al salir de casa. Un motorista pidiendo tu celular, una persona se atraviesa la calle imprudentemente frente a tu automóvil, un despido, una enfermedad gravísima tuya o de un ser querido. 

La vida es así. Esos riesgos externos que no puedes controlar, pero que te rompen la continuidad de tu existencia. 

Luego vivimos aquellos riesgos internos. Salir a la calle en busca de amor y terminar destrozados con el corazón hecho pedazos. Buscar un sueño empresarial y perderlo todo. Robar un beso y obtener una bofetada. 

Esos riesgos internos -lo que puede pasar- hacen que no todos se atrevan a vivir de manera más intensa su vida. El miedo al fracaso los congela. Los sueños son mucho más pequeños que el miedo a la pesadilla. 

¿Tú de qué lado estás, dudando por una eventual pesadilla o realizando tus sueños? 

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